miércoles, 1 de julio de 2009

Los cielos

El señor de los cielos era un hombre perseguido segín lo decía la radio, los cielos mismos se extremecían al oir su nombre, las palabras marchitas se leían en aquella pantalla fuorecente, las flores sin aroma parecian remedo de plástico cororeado, un calor ínfame hacía sus días perpetuos y por las tades las negras nubes descargaban con toda su furia y a un ritmo desenfrenado millones de gotas que parecían golpear con toda su fuerza el suelo caliente.

Miraba un día su manos lisas, sus ojos verdes frente al espejo y su piel morena, los destellos brillantes de aquellos ojos envolvían una triteza infinita, una dolencia cargada de rabia, de melancolía heredada que llevaba a cuestas como lo hace un caracol, lento pero inbatible caminaba, lento pero seguro apresuraba a su ritmo al paso para recibir de los cielos la lluvia anhelada, para entremezclarse en la verde hierba caminar por el pasto recien mojado sentir los hilos de agua recorriendo su cuerpo vistiendole de frescura y una nota de sal en los labios.

Las tardes interminables llenas de vientos colados por ventanas que no cerraban y se estrellaban furiosas contra el marco de madera parecían las alas de una mariposa batiendose guerreras en la tormenta, se hacían testigos íneditos de su soledad, de el silencio donde viviá recluido hacía más de un año, de ver como sus ilusiones de amor se encontraban marchitas, rohidas por las ratas con las que se había topado en el pasado tiempo funesto donde buscaba rosas en medio de basureros y cloacas.

Esa noche en cambio la brisa de mar y el canto de las sirenas le invitaba a contemplar las playas de coral y aguas turquesa, los cielos con nubes que venían del este, que soplaban a veces tenue y otras en vendavales y huracanes que lo movían todo., Para nacer hay que morir.